El camino hacia la reciprocidad

En el marco de un debate sobre la naturaleza de los actos, resuenan voces de hombres y mujeres que dedican parte de sus días a ayudar al prójimo, actos definidos por lo multidireccional.

Nos propusimos ahondar en lo que usualmente llamamos solidaridad y convocamos a hombres y mujeres que dedican sus días al intercambio, a una ayuda que es mutua y recíproca. Este diálogo pretende ser un camino hacia la comprensión de un acto que habla de un encuentro, de dos partes que se miran y se acercan. Compartimos con ustedes, los lectores de VALE, estas voces que creemos nos han enriquecido.

Pablo Rego, profesor de yoga, sostiene: “Desde distintos puntos de vista, la solidaridad como base para el desarrollo de una sociedad es una herramienta multidireccional y no siempre lo que uno da regresa de la misma manera, a través del mismo individuo, aunque, según mi punto de vista y mi fe, regresan”. Añade al respecto: “Quizá, la solidaridad mutua tenga muchas vueltas que dar antes de manifestarse como un círculo en el que coincidan el principio y el fin, y es por ello que es importante dar, ayudar, como primer acto de la manifestación de la solidaridad, partiendo de la base de la igualdad y no de la ayuda dadivosa, del verdadero deseo de la mejoría del otro como copartícipe del mismo medio al que uno pertenece.”

El simple goce que manifiesta el ayudado comienza a moldear la circularidad del acto. Así lo manifiesta Nicolás Reck, director de Juventud de la Escuela Bialik de Devoto, que hace años desarrolla tareas comunitarias en diversas instituciones. Dice: “La satisfacción del acto solidario hace que la persona que lo realizó se sienta beneficiada tan sólo por la acción y es allí donde mora la reciprocidad. Siempre existe la posibilidad de que la persona a la que se ayuda, luego ayude, y la que ayudó reciba ayuda.”

Cristina Cuoco, dueña de un restaurante en Cariló, viajó a Chile junto a la Fundación “El Arte de Vivir” luego del brutal terremoto ocurrido el 27 de febrero de 2010 para ayudar a los damnificados por la catástrofe. Nos cuenta acerca de esta experiencia: “El primer pensamiento fue ayudar a la gente que había perdido todo y que tenia mucho miedo y bronca por lo sucedido. En realidad fue así: ayudamos, compartimos nuestro conocimiento y nuestras sonrisas ante cualquier situación y adversidad; pero en lo personal lo que a mí me dio Chile, su gente y su dolor fue mucho más. Me ayudó a conocerme en situaciones que nunca había pasado, ni pensaba, me devolvió más sonrisas de las que di. Cada sonrisa mía se multiplicaba por muchas”.

Y concluye diciendo: “Solamente fui diez días, han pasado más de tres meses y sigo reconociendo y agradeciendo el haber podido estar ahí y dar lo poquito que pude dar”.

Nos enfocamos en la reciprocidad de la mano de las palabras de Viviana Rey, psicóloga que, entre otras ocupaciones, participa en el Taller de Alfarería en la Unidad 47 en el penal General San Martín. Opina acerca de este término: “Es la conciencia, el darnos cuenta de que las relaciones que entablamos en verdad nos constituyen. Esto vale para todo. Existo en el intercambio activo con el mundo que me rodea. No existo por fuera de eso. La reciprocidad es constitutiva de nuestro ser personas en relación”. Agrega: “La reciprocidad es el estar involucrado en cada acto. Aun en los lugares o con personas en las que por su situación vital pareciera que no tienen nada para dar, si estás ahí, involucrado y abierto, ya hay algo que recibís, nada más ni nada menos que la posibilidad de estar vivo ahí”.

Ahora bien, en un amplio sentido de razonamiento, la esencia del acto solidario ejerce un movimiento que no espera nada a cambio y en este sentido la reciprocidad es un acto expectante. Tal como afirma Verónica Taubas, abogada, en el acto solidario es fundamental “desde donde se da cuando se da; y desde ese punto de vista, debería ser desinteresado e incondicional, sin esperar absolutamente nada a cambio”. Pero añade: “Creo que pocas cosas producen más placer que el acto de dar desinteresadamente. Es un boleto sin escalas desde nuestro Ego hacia nuestro Ser y, por eso, nos brinda una plenitud extasiante”.

Una interesante conciliación entre el dar puro y desinteresado, y aquello que innegablemente experimenta el que ayuda, se resume en las siguientes palabras de Verónica: “En cuanto a la reciprocidad alguien dijo alguna vez que nadie es tan pobre que no tenga nada para dar, ni nadie tan rico que no tenga nada para recibir. Y esto es absolutamente cierto, ya que la posibilidad de dar nos dignifica, nos valoriza y nos conecta con nuestro potencial, con aquello que sabemos hacer y podemos dar. En buscar permanentemente el equilibrio entre el saber dar y saber recibir radica gran parte de la maravilla de ser humano”.

La circularidad resuena en estas líneas. Pablo Rego retoma el concepto: “La ayuda mutua, es un círculo virtuoso que debe partir del impulso positivo de

dar lo que al otro pueda serle útil, ayudar al otro desde donde el otro lo necesita y no desde donde el que da pueda ejercer algún tipo de poder… Si tomamos esa práctica como una premisa en la relación con el otro, con los otros, los lazos solidarios regresarán por diferentes vías y seguramente aquello que sea dado retornará una y mil veces”.

Hay un ánimo de trascender estas hojas, escalar con su aire de tinta por tus manos y comenzar a dibujar en el aire veraniego. ¿Comenzará la hora de tu acto, dibujarás algo más en este círculo?

“Lo posible es el lado más fértil de cualquier esperanza”

“Siempre tuve la necesidad de devolver algo de lo que pude aprender en la vida a alguien que tenga ganas de aprender, algo así como ofrecer mi granito de arena. Imaginaba lugares de encierro, y hace mucho tiempo había pensado en una cárcel”, dice Cecilia Roson, alfarera quien desde su deseo dio el impulso para comenzar y facilita la tarea del taller de alfarería en la Unidad 47 del Servicio Penitenciario Bonaerense, un grupo pujante que en la actualidad cuenta con veinticinco participantes. “Es un movimiento de ida y vuelta, es como respirar”, cuenta.

Vale: ¿Cómo surgió la idea de dictar un taller de alfarería en el penal?

Mi cuñado Roberto es sacerdote en Santiago del Estero. Una noche estaba de visita en casa y vimos juntos por la tele un programa en el que hablaba el Capellán de las Unidades 47 y 48 en el departamento de San Martín, que está a 15 minutos de mi casa. Le pregunte si conocía a ese capellán que hablaba por la tele, ¡y me contestó que sí! Ahí nomás marcó su celular y me pasó. Hablé con Jorge (el capellán), le conté de mis ganas de intentar armar un taller de alfarería y así quedamos en encontrarnos para que pueda conocer el lugar. Cuando recorrimos los pabellones sentí un latido especial en mi corazón; algo empezaba a ser posible. A partir de aquel día, nunca más dejamos de ir. Empezamos a caminar en este desafío junto a Viviana Rey y Tobías Manuel Mora. El primer gran hallazgo fue darnos cuenta que la cárcel está construida sobre un basural, y que la tierra y el agua (nuestros principales materiales para la tarea) están contaminados con plomo. Sentimos que esto es un poco una metáfora de la cárcel, un lugar donde está la basura, donde mejor no contactar, donde cuanto más lejos mejor.

Vale: Pero no se alejaron…

No. Empezamos con un torno que nos donaron, otro que presté y una bolsa de barro. Con miedo, con inseguridad, pero con muchas ganas de intentar. Cuando conocimos los primeros alumnos, nos preguntábamos por dentro: ¿podremos construir juntos en un espacio tan desprovisto de la confianza y la seguridad necesarias para crear vías de expresión y de acción potente en grupo?

De a poco empezamos el primer contacto, amasamos el barro juntos, reconocimos la diversidad de ritmos, las diferentes impresiones, y entonces prendimos el torno.

Sentía muchísimas ganas de crear y de facilitar mis manos para que nazcan nuevas formas, de mirarnos ahí juntos en presencia de lo posible, mostrándonos como somos, buscando la manera de plasmar en el barro alguna forma.

Nacieron tazas, jarrones, macetas para un cactus, campanas, azucareras. Paso a pasito fuimos ofreciéndonos apoyo y construyendo nuestro principal pilar: la confianza de estar con todo lo que nos pase, así sea reparar una pieza, tornear un florero, pintar un cenicero, escuchar alguna música, compartir alguna poesía.

Vale: ¿En qué consiste actualmente el taller?

Somos un grupo con cuerpo, con una forma que modelamos entre todos, con posibilidad de expresarnos, de estar en contacto y de escucharnos, decidiendo en cada caso hacia dónde ir, pudiendo cada uno ayudar a ofrecer nuevos conocimientos no solo del barro. El contacto nos trajo equilibrio. La pertenencia al grupo nos brinda solidez, nos integra y nos da pertenencia. Estamos realizando producciones pequeñas que ayuden como soporte solidario a algún apoyo escolar, escuela o comedor. Cada lugar surge de la necesidad de algún integrante del grupo, y todos juntos acordamos y nos comprometemos para cumplir con el desafío. Empezamos con la producción de treinta tazas para el Apoyo Escolar Talita KUM de Pacheco, donde dos hijos y un sobrino de un integrante concurren diariamente a contra turno de la escuela. Fue muy emocionante ver la producción del grupo expresada en las tazas y el recibimiento cuando las pudimos llevar al Apoyo Escolar.

Vale: ¿Qué hay de recíproco en la actividad que ustedes desarrollan?, ¿cuál es tu sentir al respecto?

Después de ya casi dos años, de ver el recorrido que hemos hecho, ver como de esa tierra y esa agua contaminada puede surgir esta posibilidad de sentirnos integrados a este grupo humano, de haber podido crear un espacio que nos teje en un espíritu común, siento mucha emoción.

Sembrar juntos ese territorio común, es una zona que nos conecta con la fuerza viva de la naturaleza en su movimiento recíproco y solidario, con el latido más primario, el del corazón. Cada vez que prendemos el torno y me siento enfrente del que va a tornear, experimento una sensación repentina al verme ahí en los ojos del otro, y el otro en los míos. Ese mirar juntos nos hace puentes humanos generosos, libres de habitar esa franja donde lo tuyo y lo mío pasa a ser nuestro, porque nos convoca a los dos por igual y podemos estar ahí.

Creo que la alfarería es una excusa maravillosa, una puerta que se abre, un grupo que modela en barro formas sencillas, comunes, formas de unión con la tierra que con la presencia del fuego se transforma en cerámica para perdurar a lo largo de la vida. Necesitamos como sociedad, poder reflexionar acerca de la división del tejido, y la necesidad de encontrar entre todos nuevos modos de comunicación, generándonos entornos no violentos; de encontrar nuevos modos de convivencia donde las diferencias no nos separen sino que nos permitan enriquecer nuestro rumbo.

Vale: ¿Cuánto hay de libertad en la tarea artística, y en la alfarería en particular?

El taller es un espacio libre, un espacio abierto para experimentar, para buscar matices de colores, formas, a equivocarme y volver a intentar, a aprender a mirar, a conocer texturas, a buscar caminos para llegar, a cambiar de rumbo si uno descubre que no es por ahí, a decir palabras, a nombrar cosas nuevas, a decidir si le pongo un asa o no, a redescubrir un nuevo relieve, un posible contorno.

La alfarería es el vehículo para sentirnos libres de crear, en un entorno que fuimos construyendo en cada encuentro, sencillo, comunitario, recíproco, solidario, productivo. El taller nos recibe y se abre a las experiencias que nos van dejando huellas de crecimiento a la par, así, cada día vamos surcando un camino, que no rima con la palabra cárcel, sino que rima con la posibilidad de un tejido de seres humanos con posibilidad de crear, de restaurar y de expresar. Creo que esto nos hace libres de dar y recibir sin mesura. En la cárcel, ahí, somos libres.

ROXANA MIGUEL

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