Estar a full con ellos y con vos

¿Qué hacer cuando las vacaciones dejan de ser un descanso para convertirse en un caos? ¿Cómo lograr que ese tiempo que nos separa de la rutina sea realmente placentero?

Juan tiene 37. Cada mañana se levanta, se ducha, toma un café rápido y se va a trabajar al centro. El reloj corre pero los autos no, y calcula cuántos minutos le quedan para llegar puntual, como siempre. Entra a la oficina, saluda a la misma gente, prende la computadora y arranca el día. Vuelve a su casa a las 8, cena, mira un ratito de tele, apoya la cabeza en la almohada
y ¡listo!, se durmió.

Hay que reconocerlo, nos hemos adaptado a un ritmo de vida en el cual todo pasa fugazmente y uno se mueve como una maquinita para llegar a cumplir con todas sus obligaciones. El disfrute quedó relegado a los fines de semana, que parecen no llegar más y se pasan volando; y, en su defecto, relegamos el placer a “cuando me vaya de vacaciones”. Claro, le ponemos tanta expectativa a este “recreo” que pretendemos que sea lo mejor que nos pasó. Queremos disfrutar, dormir, descansar, despaturrarnos en la reposera más cómoda, no tener horarios ni obligaciones, tomar sol, comer lo que más nos gusta, leer ese libro  que venimos postergando…… la mente en blanco.
Pero muchas veces resulta que en su carácter de excepcionalidad, las vacaciones también implican vivir otras cosas que no experimentamos durante el año: convivir con la familia, estar pegaditos, compartir todo, y conocernos mejor. Y es aquí donde surge el problema.

Juan se levanta, prepara el desayuno, despierta a su familia. Agarra la heladerita, la sombrilla, las reposeras, los bolsitos. Llega a la playa, se sienta, les pone protector a los chicos. Uno llora y otro se le escapa. Vuelven a la casa para almorzar, y de nuevo a cargar el baúl del auto con el “bartulaje” para ir a la playa. Regresan a las 8, cenan, y se van a dormir.

Que tire la primera piedra quien nunca se vio tentado a escaparse corriendo de esta situación vacacional, en la que todo lo que soñamos durante 11 meses de trabajo, se derrumba en un segundo. ¿Pero qué hacer entonces con los chicos? ¿Cómo congeniar el entretenimiento

de los hijos con el disfrute personal?
El ritmo que llevamos nos hace creer que el descanso es “desligarse de todo”, pero lo primero que tendríamos que saber es que las responsabilidades siguen existiendo.

Sin embargo, no todo el panorama es desesperanzador: Mariana Rimoldi, licenciada en Psicopedagogía, opina que las vacaciones son un regalo que tenemos cada año para conectarnos con otra forma de vivir: “la del aquí y el ahora, la de los chicos, que disfrutan de cada momento y que no padecen la rutina”. En vacaciones, los adultos tenemos la oportunidad de conectarnos con el tiempo de los niños, que es el de jugar, y de salir parcialmente del papel cumplidor que casi siempre nos avasalla. “Dejar de actuar de modo cronometrado y desestructurarnos un poco”, explica Mariana.

Resulta fundamental que cada uno se plantee qué es lo que le divierte hacer y que lo lleve a cabo, para evitar sentir la carga de entretener a los chicos. “Es muy común que un padre haga como que juega, y perciba la actividad como una obligación”, dice la psicopedagoga. Y aconseja: “Es más fácil hacer cosas que a uno realmente lo motivan, y proponérselas a los chicos”. Ellos están descubriendo el mundo, por lo que ven todo como algo nuevo. “Si uno les ofrece jugar a la pelota, ir a pescar, juntar caracoles, o recolectar piñas, los niños se prenden por el simple hecho de que están con sus papás”,  aclara Mariana, alegremente.

Un estudio de la Universidad norteamericana John Hopkins, asegura que los niños que durante las vacaciones pasean en familia y realizan actividades al aire libre, presentan un mayor rendimiento escolar. A su vez, el sociólogo Kart Alexander, uno de los autores del mismo trabajo, afirma que los chicos que realizan viajes y charlan con adultos, entre otras cosas, obtienen mejores notas después del verano.
Sobran los motivos para acercarse a los chicos durante las vacaciones, ¿no creen? Y como si esto fuera poco, también hay que tener en cuenta que los hijos no son niños para siempre, como Peter Pan; sino que tarde o temprano crecen y sus compañeros ideales de vacaciones empiezan a ser sus amigos…

Programá tu cerebro en modo positivo, energizate, viví y alegrate. Compartí los mejores días con tus mejores personas, y generá recuerdos imborrables tanto para ellos como para vos. Aprovechá cada momento. Escuchá el sonido del mar, de las montañas, tomá sol, comé cosas ricas, sentí el vientito en la cara, hacé lo que más te guste. Tus hijos pueden acompañarte, y vos te vas a sorprender de todo lo que ellos te pueden enseñar. Cambiá el monólogo por el diálogo, acompañá en lugar de ordenar.
Las vacaciones te dan lugar para todo eso.

Por Ana Paula Queija

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