La ecología de la Paz

Wangari Maathai, la keniata y primera ecologista galardonada con el Premio Nobel de la Paz, explica por qué la preservación del medio ambiente y la defensa de los derechos humanos son dos caras de la misma moneda.

Del otro lado de la línea, desde algún lugar en Nueva York, irrumpe una voz robusta, enérgica, contundente. Es un sonido heroico, guerrero; pero es también arrullo de madre que en cada frase transpira afecto, comprensión, generosidad.
Wangari Maathai pronuncia cada palabra y cada silencio visceralmente, con calidez, desangrándose en genuina preocupación.
“Si uno desea proteger el entorno, primero tiene que proteger a su gente, a su pueblo. Porque si somos incapaces de preservar a la especie humana, ¿qué objeto tiene salvaguardar las especies vegetales o animales?”, pregunta la “madre de sonrisas victoriosas”, como también se la llama, resumiendo así los ideales que la han guiado en su tenaz cruzada. Y añade: “Es imposible vivir bajo un régimen político que atemoriza a la gente, que destroza su creatividad”.
Todo su ser parece estar impregnado del cadencioso palpitar de la música negra.Maathai es la duodécima mujer y primera keniata y ecologista en obtener el Premio Nobel de la Paz, y también es pionera por haber sido la primera mujer en conseguir un doctorado universitario en toda África Central y Oriental.

– ¿Siempre está así contenta, por dentro y por fuera?
-(Ríe). Sí, me siento feliz la mayoría del tiempo; rara vez me deprimo. Es muy difícil estar triste cuando se plantan árboles. Los árboles que hemos plantado son los mejores embajadores de nuestro movimiento. Además vivo rodeada de gente que también está preocupada por el cuidado del medio ambiente y que lucha por un mundo mejor.
-¿En qué está fallando la educación actual, con relación a la preservación y el cuidado del medio ambiente?
-En las escuelas se sigue hablando del medio ambiente como si se tratara de algo completamente separado de nuestras vidas. Y así continuamos viendo la naturaleza a través de la mirada de biólogos, geólogos, arqueólogos… todas visiones muy interesantes y enriquecedoras, pero parciales. Lo que a mí me preocupa es que aún no hayamos logrado entender que el planeta es una sola entidad de la cual formamos parte y que sin la vida de cada especie, nosotros tampoco podremos sobrevivir.
-¿Cuál es la raíz de este alejamiento del ser humano con la naturaleza?
-Desde que vamos a la escuela se nos educa para que algún día podamos acceder a los bienes que se producen en las fábricas; con el tiempo, eso se convierte en “el ideal del buen vivir”. De ese modo, vamos perdiendo registro del arte y la belleza presentes en la naturaleza, expresados allí en su máximo esplendor. En ese contacto con lo esencial están la sensación de bienestar y felicidad que tanto buscamos, infructuosamente, en los objetos materiales.
-¿Cree en Dios?
-Sí, pero no en el dios que está allá lejos, sentado en las nubes. Creo, sí, en aquella forma de energía poderosa que somos incapaces de comprender completamente pero que continuamos buscando a lo largo de nuestras vidas.
-¿Podría mencionar algún líder político que admira?
-Uno que me ha inspirado enormemente es Martin Luther King, por su lucha incesante y su coraje. Y de mi continente siempre he admirado al presidente Mandela, quien se mantuvo de pie a pesar de todo; me dio una gran alegría verlo salir de prisión; él ha hecho una enorme labor en pos de la democracia en su país. Tengo una excelente relación con él y con su mujer. Me apoyan muchísimo en mi trabajo.
-¿Cuáles son los problemas ecológicos más graves en África?
-Actualmente, el mayor problema de África es que más del 50% de la población vive en la pobreza absoluta y, por tanto, destruye el medio ambiente como forma de sobrevivir. No tienen otra opción desgraciadamente. Esa es su supervivencia: la destrucción de la vegetación con el fin de ganar tierras cultivables y la deforestación indiscriminada como forma de obtener dinero de algún modo.
-¿Está al tanto de la situación ecológica en América del Sur?
-Sigo muy de cerca las actividades en la cuenca del Amazonas, y estoy muy al tanto del problema de la deforestación en toda la región. Soy conciente de la pobreza que existe, con todo lo que esto implica.
-¿A qué atribuye los altos índices de corrupción en Sudamérica y África?
-Hay un pasado en común: ambos continentes fueron explotados alevosamente por las diversas administraciones coloniales que no se preocupaban en absoluto por la gente autóctona. Luego, la gente rica que heredó el poder de gobernabilidad, estuvo lejos de asumir el compromiso de ayudar a su propio pueblo. Todo lo contrario, continuaron con el mismo estilo de vida que llevaban los colonos, y con una mentalidad igualmente explotadora. Por eso, es fundamental la democracia si queremos terminar con la corrupción. Con buenos gobernantes, la riqueza, las posibilidades y los recursos se distribuyen más equitativamente y la pobreza disminuye.
-¿Cuál es su opinión sobre Greenpeace y otras ONG involucradas en la protección del medio ambiente?
-Creo que hacen un buen trabajo. Greenpeace está realizando una excelente campaña en lo que respecta al desecho de productos altamente tóxicos en el océano. El sólo hecho de que nos hagan tomar conciencia de los desastres ecológicos que impunemente se llevan a cabo ya es un gran paso.

Enemiga acérrima de la deforestación y del régimen sanguinario del dictador Daniel Arap Moi (1978-2002), la fundadora del Green Belt Movement fue detenida y encarcelada varias veces en la década del ´90. Su ex marido, un viejo parlamentario, también aportó lo suyo. En 1980, pidió el divorcio sin más, bajo el argumento de que su mujer pecaba, según apunta la Enciclopedia de Biografías de Gale, de “ser demasiado educada y con demasiado carácter y éxito para poder controlarla”.
Es que, con el perdón de todas las humillaciones, las injusticias y los agravios recibidos por la ecologista keniata, nada ha impedido que esta madre de tres hijos, de 65 años, ande por la vida honrándola, en sus vestidos variopintos y con esa inconfundible sonrisa clara en su cara oscura.

Por Ignacio Escribano

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