LA MAGIA DE LA MESA FAMILIAR

Los estudios lo confirman: comer en familia es un hábito que alimenta mucho más que nuestros cuerpos.

Se dice que “Panza llena, corazón contento”. Más contento aún si se llenó en familia. Cabe aclararlo porque hoy en día muchos factores atentan contra la comida familiar: el ritmo acelerado de vida, los diferentes horarios de cada uno, el fast food, la presencia casi omnisciente de la televisión en el hogar, el constante uso de teléfonos móviles, ahora incluso en los chicos. Pero aunque requiera un poco de esfuerzo, es un hábito que vale la pena cuidar. En cierto modo, instintivamente, todos lo sabemos: está presente desde la era cavernícola y ha perdurado a lo largo de la historia. Lo que no todos sabemos es exactamente cuán importante es, no somos conscientes de que su influencia se extiende mucho más allá de la hora de la comida y de la mesa. Estudios científicos lo confirman: comer en familia tiene consecuencias directas sobre los chicos y trae beneficios sorprendentes.

Es que alrededor de la mesa se puede transmitir experiencias, contar historias, expresar opiniones. Compartir triunfos y derrotas, hacer planes. Anunciar, confesar, plantear, discutir, recordar, celebrar. Educar y aprender. Aprender mucho más que buenos modales y patrones de conducta. Se trata de un momento de comunión, en ciertas familias aún precedido por bendiciones y agradecimientos. En estos casos queda más claro que se trata de una ceremonia, un rito.

Comer en familia tiene un poder que une. No nos referimos a fiestas ni ocasiones especiales sino a comer juntos de manera regular y confiable. Aún en las noches donde se come rápido, se charla superficialmente y todos preferirían estar en otro lado. Sin embargo existen noches con un clima especial donde se genera un espacio sano, seguro y compartido donde se vislumbra el poder de este hábito y muchas veces se prolonga con la sobremesa.

Tras una larga jornada laboral, una vez que los chicos terminaron los deberes, “la idea de cocinar algo rico y armar una mesa que invite a toda la familia a reunirse, muchas veces da fiaca o parece una exigencia más”, confiesa Flor, madre de tres. “Pero cuando lo hago…no siempre, pero algunas veces se da algo especial. Recordamos anécdotas, contamos algo de nuestra infancia, o se arma una ronda de chistes que nos mantiene sentados hasta pasada la hora en que los chicos normalmente se van a dormir. Al mirar el reloj vemos que se fue el tiempo sin que nos diéramos cuenta. Sin embargo, decididamente es uno de los mejores momentos de mi semana”.

Al igual que las vacunas protegen al cuerpo de las enfermedades, la mesa familiar protege a los chicos de diversos males. Numerosas investigaciones han demostrado que cuanto más seguido se come en familia, es menos probable que los niños fumen, beban, se droguen, se depriman, desarrollen trastornos de alimentación o tengan pensamientos suicidas. No sólo eso sino también tienden a obtener notas altas, poseer un vocabulario más amplio y mejores habilidades para comunicarse. Además de comer sano.

En cambio los chicos que no suelen comer en familia son más propensos a decir que existe mucha tensión en sus casas y menos propensos a creer que los padres están orgullosos de ellos. La frecuencia hace la diferencia: una investigación realizada en la Universidad de Columbia sobre casi 10 años de datos muestra que la cena familiar es algo que mejora con la práctica: cuanto menos se come en familia, hay más chances de que la experiencia sea negativa, la comida poco sana, y la conversación escasa.

Idealmente comer en familia es compartir, disfrutar de la comida y de la compañía de los otros, escuchar y ser escuchado. Los expertos aconsejan incentivar a que los hijos participen tanto en la conversación como en la preparación de alimentos o realización de tareas como poner y levantar la mesa, lavar los platos, etc.

Los padres suelen preguntarse cuál es la mejor manera de actuar cuando su hijo no acepta comer lo que se sirvió en la mesa. Insistir con que es lo que hay, preparar una alternativa que le guste, qué priorizar…

La recomendación de Yamila González, psicóloga que atiende principalmente niños, adolescentes y padres, es “evaluar si el pedido tiene que ver con un capricho del niño, una confrontación del adolescente o si realmente es el gusto alimenticio. Es importante que los padres puedan escuchar estas elecciones pero también que los hijos entiendan que muchas veces no es posible brindarles un plato aparte o que su elección no corresponde a una alimentación balanceada y saludable. Los padres deben determinar qué es saludable o no para sus hijos y para esto, ellos también deben aprender a comer sano”. A su criterio, “El momento del encuentro en la mesa se relaciona principalmente con el respeto e interés por el otro, el diálogo y la libertad para que cada uno pueda expresar sus pensamientos y sentimientos y así conocerse entre todos. Permitir que los hijos decidan qué comer, dentro de lo posible, también da lugar a las diferencias que existen entre cada uno de los familiares”.

Josefina Iriberri, Licenciada en Nutrición, sostiene que  “es normal que en la infancia se rechacen ciertos alimentos. Son etapas. A veces es una cosa, a veces otra”. Sin embargo es importante que si un niño dice que no le gusta tal alimento, de todos modos “se le ofrezca y esté en la mesa. Los chicos comen por imitación, entonces por ahí si ve al hermano comerlo, le da otra oportunidad, lo vuelve a probar. Algunos padres creen que a los niños no les gustan las verduras pero ellos tampoco las comen. Una forma de que los chicos incorporen nuevos alimentos es viendo a los padres comerlos primero”.

Muchos especialistas sostienen que el gusto es algo que se forma con el hábito, y que un niño debería probar por lo menos 7 veces un alimento antes de determinar que no le gusta.

Otro asunto que puede generar dudas es la televisión. ¿Atenta contra el diálogo en la mesa? ¿Debería permanecer apagada mientras se come? En algunas casas lo habitual es comer viendo tele mientras que en otras, está prohibida. Victoria y Manuel, padres, acordaron un punto medio: “Por lo general, todos los días se come en la mesa y sin TV. Pero los viernes a la noche, a veces amasamos unas pizzas entre todos, las servimos en la mesa ratona y elegimos algo para ver en familia. Una película, un partido de fútbol, un documental. Los chicos tienen claro que es la excepción, no la regla.  También es por eso que la disfrutan”. Ellos encontraron que el mirar tele juntos, en su justa medida, también es una situación grata de compartir.

Más allá de las diferentes costumbres y estilos que cada familia pueda tener, el espacio de la mesa familiar sigue siendo uno de los lugares más receptivos e integradores en el cual nos podemos reunir, y disfrutar de la magia que nos ofrece.

Por: Christine-Marie Andrieu

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