La risa, bien en serio

Un antídoto contra los pensamientos negativos, que deberíamos usar todos los días.

Perdón, permítame distraerlo unos instantes. No se lo tome a mal. Pero, ¿es que acaso alguna vez nos preocupamos por reir? Me refiero a la risa en serio, auténtica. A esa exasperación que nos da placer y hasta nos hace llorar.
Tenemos el privilegio de ser la única especie animal dotada con la capacidad de hablar, y de reír. ¿Por qué, entonces, no sacar más provecho de la risa, presente en el rostro humano desde los cuatro meses de vida? Ya Aristóteles decía que el bebé no adquiere la condición de persona hasta que empieza a sonreír. Antes de ese acontecimiento, el filósofo consideraba al recién nacido como un ser no muy distinto a cualquier cachorro mamífero.
Pero, paradójicamente, si bien la mayoría de las habilidades del ser humano se perfeccionan con el tiempo, la capacidad de reír disminuye progresivamente con el paso de los años: mientras que un chico de seis años ríe alrededor de 300 veces al día, el más jocoso de los adultos, por otra parte, lo hace no más de 100 veces diarias. Es más, la mayoría de las personas apenas si ríen 15 veces por día.

¿Por qué cuanto más viejos somos, menos nos reímos? De hecho, hay quienes tienen la sensación de que cada vez ríen con menor frecuencia. “¿Sabés cuánto hacía que no me reía así?”, suele escucharse en más de una ocasión. Y pregunto: ¿qué estaba esperando para hacerlo? ¿Que se resuelvan todos sus conflictos? ¿Por qué no, mejor, utilizar la risa para solucionarlos, o reírse simultáneamente, mientras continúa su lucha diaria?
Es que, “al reírnos nos situamos por encima de los problemas, los sometemos y estamos en condiciones de encararlos”, explica el psicólogo español José Elías. Y debido a que es imposible pensar y reír al mismo tiempo, Elías agrega que la risa es, además, “un excelente antídoto contra la obsesión y los pensamientos negativos, que incrementa la confianza y autoestima en las personas deprimidas”.
Entonces, ¿por qué simplemente no largarse a reír, sin restricciones? De lo que fuera y donde sea. De las caras que uno pone en el ascensor cuando va solo, de un pensamiento insólito. Como decía mi abuelo, “yo me río de medio mundo y medio mundo se ríe de mí”.

No me refiero a aquel gesto que, por mera diplomacia o cortesía, esbozamos en más de alguna ocasión cada día. Nada de eso. Y ni que hablar de la risita irónica, cuando no desdeñosa, de tantos personajes cotidianos y públicos. Detengámonos exclusivamente en la risa genuina, franca, bien visceral, la del corazón, la que nos hace ver la vida con optimismo, a color, más allá del bien y del mal, más allá de los enredos cotidianos.

Un viejo consejo chino recomienda que para estar sano deberíamos reírnos no menos de 30 veces por día.
Elías, algo más moderado, pero en la misma línea, nos exhorta a reír un mínimo de 3 veces al día, durante por lo menos un minuto. “Dentro de todas las bondades que posee, la risa es un buen analgésico, de umbral bajo, pero efectivo”, afirma.
Aunque actualmente se sabe que al reír liberamos endorfinas, sustancias que entre otras cosas contribuyen a aliviar la sensación del dolor, ya los antiguos médicos recurrían al llamado “gas de la risa” como anestésico.
Durante una carcajada limpia se contraen alrededor de 400 músculos y se queman calorías. De acuerdo con William Fry, psiquiatra norteamericano de la Universidad de Stanford, “5 minutos de risa equivalen a 45 minutos de ejercicio aeróbico, incluso en personas postradas o en sillas de ruedas”.
Tanto es así, que en Francia una nueva modalidad terapéutica, conocida como “Jovialisme”, utiliza la risa como “gimnasia estática”.
Cuando una persona ríe mejoran las funciones respiratorias y la oxigenación sanguínea aumenta significativamente. Además, se potencia el sistema inmunológico, mejora la digestión, disminuye el estrés y se segregan hormonas que estimulan la actividad cardíaca.
El oncólogo venezolano Lisandro López-Herrera señala que las personas que ríen poco o tienen un escaso sentido del humor son más propensas a contraer enfermedades graves, como el cáncer, por ejemplo. Y agrega que “el sufrimiento conduce casi inexorablemente a la enfermedad”.

¿Por qué, entonces, contener las carcajadas, por ejemplo, al caminar en esos pequeños recreos en los que uno no hace otra cosa que jugar con su propia imaginación, con los parecidos que uno asocia en las caras de las miles y miles de personas que se nos cruzan por nuestras vidas a diario? ¿Por miedo de que piensen que estamos trastornados? Y pregunto, ¿por qué no verlo desde otro ángulo? Quizá no reírse, o tener que contenerse sea, en realidad, la verdadera locura.
Actualmente, el poder curativo de la risa es conocido, y llevado a la práctica, alrededor de todo el mundo. Pero podría decirse que los Estados Unidos, Canadá y Suiza son los que encabezan la lista en lo que al desarrollo y conocimiento de este fenómeno concierne. En España, la Terapia Racional Emotiva, de Albert Ellis, ha sido una de las tantas escuelas que se ha dedicado al estudio del sentido.
Para Ellis, “la perturbación emocional suele consistir en exagerar la importancia de las cosas”. Y es cierto. Nos creemos demasiado importantes, muy seguros. Vamos por la vida engreídos por pequeñeces, ensanchando nuestra sombra, inflándonos, presumiendo, caminando con altanería. Hasta que, de repente, una paloma ensucia nuestra arrogancia y convierte toda la vanidad, instantáneamente, en una nube de escombros. Para colmo, nunca falta quien se muera de risa al observarnos. En esos casos, no queda otra que largarnos a reír, por no llorar.
Para Luis Muñiz, decano de la Universidad de Psicología de la Universidad Internacional SEK, en Segovia, la risa es la mejor vacuna contra la soberbia, la intolerancia y la opresión. “Los dictadores, los fanáticos y los terroristas, tienen, al menos, una cosa en común: carecen de sentido del humor. Si el humano no aprende a reírse de sí mismo se ahoga en la soledad abrumadora del dogmatismo y recurre a la larga violencia como sustituto del humor y la ternura para relacionarse con los demás”, afirma Muñiz.
Según la interpretación freudiana, la risa es el camino más corto entre dos personas, una forma de tocarse espiritualmente.

Reírse, de verdad, aporta mucho más que una buena dosis de salud: nos permite alejarnos un poco de la realidad, no tomar tan en serio lo que ni uno ni los demás piensan, ver las cosas desde otro punto de vista, tocar al otro sin hacerlo.
Después de todo, la risa es la única herramienta realmente efectiva que tenemos. “En el momento en que brota -decía Mark Twain- toda nuestra rigidez se afloja, todo nuestro enojo y los resentimientos desaparecen, y un espíritu soleado ocupa ese lugar.”

Y en algunos casos, la risa es tan poderosa que ilumina y alegra, además del propio espíritu, los sombríos rincones de otros cuantos corazones.

Por IGNACIO ESCRIBANO

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