Algo de sueño y algo de leyenda marinera

Los invito a conocer la leyenda y la verdad de un hombre que ha sabido encontrar un espacio fuera del tiempo en un restaurante valeriense. Es un anticipo de lo que saldrá en la revista VALE de esta temporada.

Los invitamos a conocer la leyenda y la verdad de un hombre que ha sabido encontrar un espacio fuera del tiempo en  un restaurante valeriense.

Lo primero que supimos acerca de Jimmy tuvo una forma emparentada a la leyenda urbana, aquellas que se agigantan a medida que son contadas en sobremesas, en la mañana barriendo la vereda o estirando la tarde en la puerta del mercado. En Valeria, y también en localidades cercanas, se comentaba que un muchacho viajaba semanalmente desde Buenos Aires, que detenía su coche en Tamarisco, que almorzaba o cenaba como dios manda en aquel restaurante de fachada elocuentemente marinera, y que entonces emprendía el viaje de regreso sin otra actividad que el banquete personal. Con el paso del tiempo algunos pobladores con aire de testigo directo llegaron a decir que Jimmy, el viajero-comensal, llegaba a la ciudad entre cuatro o cinco veces a la semana y que incluso algunas tardes lo hacía solamente para tomar un café mirando el mar, y ya con el pocillo vacío regresaba a la ciudad en cuyo centro se alza el obelisco.

Muchos advertían en Jimmy la más pura representación del espíritu libre; un hombre que en su contexto había derrotado al Gran Sistema (así, con mayúsculas), aquel que le hacía pito catalán a jefes, jerarcas, oficinas y demás hombres trajeados que almuerzan acodados en pequeñas barras del microcentro porteño. Así, en el mito, Jimmy fue el gran héroe del mediodía con una servilleta agarrada del pescuezo.

Uno de los parroquianos que visita habitualmente nuestra redacción nos contó de él; bueno, en verdad nos habló del mito. Recuerdo que faltaba poco para las doce y que con unos veinte grados en la calle, nosotros conversábamos acerca del breve sueño que consistía en salir a comer a la Costanera, poner la cara frente al sol y cerrar los ojos a la espera de esa paz de mediodía y de la siempre curativa energía de la luz. Fue entonces que, al escucharnos, este hombre recordó la historia de Jimmy, y nosotros, amantes de la poesía y también del diálogo, lo buscamos para acceder a la fuente directa y saber más acerca del hombre que según contaban, se burla de la rutina como muchos de nosotros quisiéramos hacer.

“No quiero que esto se vaya de mambo”, fueron las primeras palabras de Jimmy. Entonces bastó para comprender el potencia del boca en boca, esa sobredimensión de la que nos habíamos hecho una idea bastante acabada. Reforzando su idea, Jimmy continuó: “No soy un asiduo cliente de Tamarisco, tampoco tengo recuerdos precisos del menú ni un plato preferido. Sí tengo presente la sensación de una cocina personal y elaborada con arte”.

Cuando creí haber llegado al lugar equivocado y las preguntas en mi cuestionario iban diluyéndose, Jimmy desplegó una poesía que justificó haber quitado el velo mítico que escondía a la verdadera historia. Se reproducen a continuación y sin cortes las palabras que de un hombre que demostró ser más potente que la propia leyenda:

“Buenos restaurantes y buenos cocineros hay muchos, y sin duda el de Tamarisco es uno de ellos. Su cocina está a la altura de lo que propone…Lo importante es que su dueño a sabido crear no sólo un lugar, sino un momento. Un lugar casi metafísico y un momento fuera del tiempo. Tamarisco tiene algo de sueño y algo de leyenda marinera. A nadie le extrañaría, estando allí, ver entrar al Capitán Ahab haciendo estruendo con su pata de palo sobre el rústico piso de madera, buscando tripulación para su viaje de locura. Es más, en esa nube cálida que dan los sorbos a un buen Cabernet, casi lo estaría esperando”.

Continúa Jimmy, mitigando la leyenda, aunque en parte avivando su fuego: “Por eso me fascina y voy cada vez que puedo, cuando estoy en Valeria, en Pinamar o Villa Gesell. También he ido desde Buenos Aires, invariablemente en compañía, sólo para cenar, pasar un rato y volver, siempre que estuviera seguro que la dama fuera capaz de entender que la estaba invitando a un lugar mágico y aparte, como si estuviera revelándole un secreto intimo”.

Nuestra sed por fin había bebido; teníamos las palabras de Jimmy. El reloj de la redacción ya marcaba las 14.20. Incluso así, con el almuerzo algo relegado, caminamos las quince cuadras que nos separan de los márgenes de la Costanera Sur, en Buenos Aires. Con el rostro al sol (las nubes eran pocas y regalaban breves lapsos de sombra) planeamos con los muchachos nuestro propio mito: un buen almuerzo, la semana que viene, en Tamarisco. Viajaríamos en uno de los coches y la nafta se pagaría a la romana.

Siguiendo las palabras finales de Jimmy (“mis felicitaciones al propietario y creador de Tamarisco por ese rayo de inspiración”), todo augurio era alentador. Más tarde bajaríamos a la playa y, al regreso, quizá comenzaría a nacer nuestro propio mito, nuestra magia y nuestro propio secreto íntimo.

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