Un lugar para el alma.

Muchas veces quienes vienen de lugares remotos encuentran en las playas argentinas un paraíso y allí ponen su propio grano de arena junto al mar. Esta es la historia de Igor, un viajero ruso que construyó en Valeria del Mar un espacio al cual volver año tras año.

Hace muy poco tiempo nos enteramos que Igor y Nicolás, amigos y lectores de VALE, viajaban hacia el otoño ruso. Nos pareció una gran oportunidad para que nuestra revista salga de recorrida por el mundo, conozca otras estaciones y nuevas arenas. Fue entonces que las hojas de nuestra publicación se metieron en sus valijas, entre sus ropas, sus pasaportes y sus libros. – Próximo destino: Rusia.

Cada semana llegaban a nuestra casilla de email noticias de los viajeros. Aprovechamos para saber acerca de sus aventuras y destinos, para que la tapa de VALE se luzca en la Plaza Roja de Moscú; y sobre todo para contar un viaje distinto: el emprendido por Igor, un ruso enamorado de los encantos  de Valeria del Mar, tanto que proyecta echar raíces en esta ciudad a orillas del Atlántico.

La historia y la geografía de Igor nos trasladan a la frontera natural entre Asia y Europa, a una ciudad agrícola rodeada de bosques ubicada al sur de los montes Urales, muy lejos de las tierras gauchas e incluso a muchos kilómetros del centro neurálgico del país más extenso del mundo, la imponente Moscú. Hace aproximadamente quince años conoció la Argentina; el encanto de nuestros paisajes y tradiciones hicieron que resuelva quedarse durante tres años – hasta el 2001- ejercitarse en el idioma español y serpentear las rutas de estos sures.

No han sido pocos los itinerarios argentinos de este hombre. Entre la Patagonia, las Cataratas del Iguazú, el paisaje salteño y las playas que van desde Mar del Plata hasta Chubut, prefiere Valeria. Cada año Igor, quien en la actualidad reside en la tierra que le vio nacer; elige vacacionar en las playas valerienses, compartir tiempo con amigos, disfrutar de la paz bajo las acacias, beber un buen vino y saborear las pastas que prepara el Tano, según dice, en uno de los balnearios que cuenta con un restaurante de menú típicamente italiano. Ya son más de siete temporadas en las cuales este ritual ineludible toma forma y el número de visitantes crece a medida que se ensanchan familias propias y amigas. En Valeria del Mar, confiesa, “se genera algo especial en el alma”.

Mientras tanto, siguen llegando correos a nuestra casilla. Nos enteramos que Igor y Nicolás arriban a Sochi, el destino playero por excelencia de Rusia. Nos envían una completísima galería de fotografías con paisajes fabulosos, Igor vistiendo la camiseta de la selección argentina en algún paraje ruso y una hermosa bitácora de viaje en la que nos cuentan acerca de una imagen en la que el mundo se une a través de las aguas oceánicas. La metáfora, veremos, se hace piel.
Los amigos viajeros nos cuentan que decidieron comprar sus propios lotes en Valeria del Mar. Igor, el ruso de los Urales, planea darle forma a su enamoramiento, instalándose definitivamente entre los pinos y los médanos de la ciudad costera, para disfrutar sin tantos kilómetros de por medio de los encantos de su lugar en el mundo. Aquel que se elige y que sólo los sueños, no los pasaportes, se animan a concretar.

Una respuesta a Un lugar para el alma.

  1. Claudia dijo:

    No soy de tan lejos como Igor, pero claramente nos une la misma pasión por Valeria. Cada vez que puedo escaparme de Buenos Aires, voy a mi casa valeriana porque también es mi lugar en el mundo… Me gusta ir cuando “no hay nadie” y descubrir sus bellezas en las distintas épocas del año, compartir con amigos y familia asados y paseos, horas de risas y la tranquilidad del lugar. Ya son un clásico las escapadas de sólo mujeres y si me distraigo enseguida me las reclaman.
    Siempre que voy a Valeria vuelvo con las pilas recargadas y los planes para la próxima visita.
    Qué bueno qué desde tan lejos alguien sienta como yo

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