VOCACIÓN DE MILAGRO, cuento

Acá les dejo un lindo cuento que se publicó en la revista de este verano. El escritor es Uriel Bederman, un amigo que nos acompaña hace años en VALE. Espero lo disfruten!

Garúa y no fuimos a la playa. Un aire lánguido y casi quieto avanza en el salón comedor del hotel. Tres medialunas chocan sus extremos más secos en un plato azul sobre la mesa. Fue entonces cuando dos bips repetidos interrumpieron el bullicio de cucharas. Sin esperanzas de revelaciones (quizá mamá desde Capital, acaso una publicidad), leo en mi teléfono celular: “¡Llegó Delfina! 11.41 hs. Pesa 3.800 kg., mide 48.5 cm. Fue cesárea. Todo ok. Abrazote”.

 

Las pequeñas chispas de agua se vuelven gotas, al tiempo gotones, pesadas fracciones líquidas que estallan contra la baldosa negra y en los cristales del salón. El milagro, antes ausente, se presenta justo en este día de playas vacías y comercios saturados. Pienso que la irrupción no premeditada, en nada rumiada, sea una de las tantas condiciones de la magia. La llegada de Delfina (así se llama, entonces), había estallado en el salón para luego hundirse en las lámparas del lugar, atravesar unos siete muros sin importar cañerías, aplomos, nivelaciones, ni las llavecitas numeradas que entrega esa rubiecita de la recepción.

 

No soy bueno para el juego de la memoria. En mil repasos comprendo que no tengo conocido alguno que esté esperando un hijo, ningún compañerito para el que pronto llegará aquí más cerca. Tampoco recuerdo una alusión al nombre Delfina. Sin mucho más esfuerzo concluyo que yo no soy el destinatario de aquella milagrosa revelación, aunque sus esquirlas me rozan. Respondo el mensaje: “Llegó el aviso por el nacimiento de Delfina. No tengo tu número en mi agenda. No nos conocemos. De todos modos, felicitaciones por la nueva vida”.

 

Ya no llueve. Mientras el cielo se decide por el sol, hacemos crucigramas en la recepción, antes de la escalera. En una horizontal pienso en Delfina y la imagino riendo, regordeta, con setenta rulos en la cabeza, pestañas de siete millas de largo, imagino sus dedos moviéndose, sus tantos gritos, su sueño. ¡Bip, bip!: “Soy Flavio, hermanito”. No conozco ningún Flavio y confirmo que el prodigio está definitivamente fuera de lugar. Vuelvo a responder: “No conozco ningún Flavio. Revisá mi número. Seguramente tu hermano quiera enterarse de Delfina y en vez de a él estás avisándome a mí”.

 

Quizá la pequeña recién nacida esté escuchando mis palabras en boca de Flavio que, en voz alta, lee mi mensaje a la madre, riéndose por la confusión. Deseo hablarle del milagro entre sus setenta rulos subiendo y bajando, pero es sabido que ciertos asuntos son prohibidos para aquellos telegramas digitales que pululan en manos de hombres y mujeres hipnotizados por el brillo de las breves pantallitas.

 

Acaso algunos milagros no nos correspondan, pero cuando se nos aproximan de algún modo tenemos que asimilarlos, pensé, no dejar que se evaporen tan fácilmente. Tengo poco crédito; así y todo marco el número de Flavio y cuando atiende le digo que soy el de los mensajes errados y le pido que acerque el auricular a Delfina, que quiero agradecer en persona. Flavio, sin decir palabra, corta.

 

Hice lo que pude. Afuera hay sol y Roxana prepara el canasto de mimbre, pone el termo dentro y unos cuantos tuppers. Antes de salir a la calle que baja a la playa esparce una crema blanca en su pancita naciente.

 

Uriel Bederman

 

5 respuestas a VOCACIÓN DE MILAGRO, cuento

  1. Claudia dijo:

    Hermosa hstoria ! Lástima que Flavio cortó 🙁

  2. andres, laplume. dijo:

    Palabras llenas de ternura. Equívoco motivador. Gran belleza y autenticidad en el relato, donde se conjugan la ficción y la propia vida. Felicito al autor y al dueño de la publicación por el acierto.
    Gracias y un saludo desde el fondo de mis sentimientos. Andre_laplume.

  3. andres, laplume. dijo:

    Marina Yael. Hermoso, simplemente hermoso y conmovedor. Felicitaciones, Marina.

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